//Perfumando una persiana recién reparada
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Perfumando una persiana recién reparada

 Stephen “Margarita Esquizoide” Delaware aletargaba sus días en la montaña.

 Algunas de sus jornadas eran silvestres, recogiendo frutos del bosque para su mermelada matinal, untada artesanalmente sobre sus tostadas con semillas de sésamo en pan de jengibre. En su canasta recubierta por un mantelito cuadriculado rojo y blanco, de bordes circulares cosido con hilo, solían hacerse presentes trufas, frambuesas, arándanos rojos y azules, murtilla, muscadinia, grosellas, zarzaparrillas, escaramujos, endrinas, no así sauco porque le producía alucinaciones con conejos saltarines a cuadritos. La infusión predilecta de sus desayunos era mate con yerba las adelias, ya que había pasado un par de años en las afueras de Villa Soldati,  enraizándosele esta costumbre.

Tenía también sus días de salir a hacer leña,en los días en que su alma era rotada por un corazón floreciente  y adicto a los tragamonedas. Su camisa cuadriculada contemplaba crecer su barba, cuyos ojos templaban la incipiencia de ardilla en que lentamente sobrevenía. Los altos árboles que rodeaban su casa de madera estaqueaban su paranoia mientras en sus longevas copas rebotaban ardillas como en trampolines de zarzamoras.

Una noche, bebiendo aguardiente que cambiaba por trufas cada semana en el alambique de Edwuard “Destila Zarigüeyas” MacHaggän,  contempló su ser en el espejo y vio que su cola y  manos eran de ardilla, y estas dos permanecían nerviosas junto a su boca, y sus pupilas se dilataban hasta que sus ojos devenían completamente a negro,  y tenía antojo de bellota. Le dio por dormir en un árbol que había caído fuera de su hogar, dentro de su corteza, y sus sueños eran comentados con alguna comadreja o tejón circundante.

Descansando en su árbol nocturno, custodiado por coníferas centinelas del onírico mundo de caducifolios, se presentó una revelación. Un arándano influenciado por una trufa melancólica, lo empujaría curiosamente a industrializar los frascos de mermeladas de arándanos. El despertarse agitado, bañado en sudor de murtilla, el haber sobresaltado al hurón a los pies de su árbol, apenas fue un susurro de endrinas respecto de la determinación infranqueable: su destino no era otro que la gran ciudad.  

Sin embargo, cuando luego de hacer la cola para abonar el alumbrado y barrido, la cobradora cerró la persiana para tomarse su descanso de las 9:03 am, Stephen descontextualizó la margarita que siempre llevaba en su bolsillo derecho, yacarició el rústico cobertor de ventanillas para increpar a la señorita, ya que llevaba prisa y la ciudad para con el era un caño de escape taquicárdico y de  colesterol alto.

En menos de lo que canta un gallo alimentado a zarzamoras, cuando la respiración se agitaba en su pecho y su corazón era una gran trufa latiendo ganosa, sudando zarzaparrillas bajo sus axilas de siervo relajado, retornó a su hogar para ser abrazado por una ardilla de 1,85 mts que lo esperaba con un té de endrinas y una tarta de grosellas y frambuesas, que escuchó con enorme felicidad las palabras de Stephen, que aludían a que ya no volvería a dejarla, y si por favor le podía servir otra porción de tarta.